… no es tampoco un don que viene del exterior; se obtiene poco a poco. Para ser fuerte en lo grande hay que hacerse fuerte en lo pequeño, en lo cotidiano, ejercitándonos en dar sin esperar recibir ni agradecimientos, ni dinero, ni admiración, ni sumisión. No comparándonos ni compitiendo, aceptando con humildad los valores de los otros. No erigiendo nuestro punto de vista como unidad de la medida del mundo, aceptando con benevolencia las diferencias. Aprendiendo, entre muchas otras cosas, a concentrar nuestra atención, a concentrar en la lectura nuestros pensamientos, deseos, emociones; a vencer nuestras perezas, a terminar siempre lo que hemos comenzado, a hacer lo mejor posible de lo que estamos haciendo, a eliminar vicios y manías, a realizar actos de generosidad sin testigos, a purificar el espíritu eliminando los intereses superfluos sin caer en una autocrítica excesiva ni tampoco en la autoindulgencia, a agradecer conscientemente cada don, a meditar, a orar hacia el Dios interior, a contemplar, a mantener conversaciones con nosotros mismos sobre temas profundos, a desarrollar los sentidos, a cesar de autodefinirnos, a saber escuchar, a no mentir ni mentirnos, a no complacernos con el dolor ni la angustia, a ayudar al prójimo sin volverlo dependiente, a no desear ser imitados, a tener un empleo lúcido del tiempo, a hacer planes de trabajo y cumplirlos, a no ocupar demasiado sitio, a no derrochar, a no hacer ruidos inútiles, a no comer alimentos malsanos sólo para darnos placer, a responder lo más honestamente posible a cada pregunta, a vencer el miedo a la existencia y a la muerte, a nunca abandonar a nuestros hijos velando sobre ellos desde la infancia, a no adueñarnos de nada ni de nadie, a repartir equitativamente, a no adornarnos con vestidos ni objetos por vanidad, a no engañar, a dormir lo estrictamente necesario, a no seguir las modas, a no prostituirnos, a respetar escrupulosamente todo contrato firmado y toda promesa hecha, a ser puntual, a no envidiar los éxitos de los demás, a hablar lo estrictamente necesario, a no pensar en los beneficios de una obra sino amar la obra por ella misma, a nunca amenazar ni maldecir, a ponernos en lugar del otro, a hacer de cada instante un maestro, a desear y admitir que nuestros hijos nos superen, a enseñar a los consultantes a aprender de ellos mismos, a vencer el orgullo convirtiéndolo en dignidad, la cólera en creatividad, la avaricia en sabiduría, la envidia en admiración por la belleza, el odio en generosidad, la falta de fe en amor universal; a no aplaudirnos ni insultarnos, a no quejarnos, a no dar órdenes por el placer de hacernos obedecer, a no contraer deudas, a nunca hablar mal de los otros, a no conservar objetos inútiles y, por encima de todo, a no actuar nunca en nombre propio sino en nombre del Dios interior.
Alejandro Jodorowsky en La via del tarot - 2da edición, Buenos Aires, 2011, Edit. Sudamericana.
